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Interreligious and Intercultural Dialogue Congress, Bilbao-2005

@Aziza Bennani
Desde la multiculturalidad a la interculturalidad - La vía para el futuro


Distinguidos Señoras y Señores:

Quisiera que mis primeras palabras sean de agradecimiento a los organizadores del Congreso. También quisiera felicitarles por la elección de un tema de tan gran actualidad como: "Nuevos desafíos en un mundo que ansía la paz" para el mismo. Tema que abordaremos en la mesa redonda de esta tarde, con un enfoque evolutivo y esperanzador, patente ya, en el título: "Desde la multiculturalidad a la interculturalidad. La vía para el futuro".

Nuestro encuentro tiene lugar en un momento en que se multiplican iniciativas para sondear nuevas vías para la búsqueda de la estabilidad y la paz en el mundo. Mucho se ha dicho y escrito hasta hoy sobre el particular, pero en el documento de trabajo de la Conferencia, se nos recomienda ir más allá del análisis histórico y del diagnóstico de los factores – que son múltiples, la verdad - que contribuyen a crear la situación de crisis actual, ir más allá de la conceptualización del fenómeno de la falta de diálogo entre civilizaciones, culturas y pueblos, de la inseguridad, los conflictos...Los organizadores nos invitan a adoptar una aproximación pragmática y proponer modalidades innovadoras y audaces para superar los escollos que dificultan el advenimiento de la paz. Debemos pues permanecer atentos a esta recomendación para superar en nuestras intervenciones el mero ejercicio retórico y formular propuestas concretas.

Para empezar, me parece oportuno aclarar los conceptos de multiculturalidad e interculturalidad, de uso cada vez más frecuente en los discursos políticos, académicos o mediáticos, pero no siempre con la precisión necesaria.

La multicultularidad remite al hecho o proceso de coexistencia en un mismo territorio o espacio social, de personas, grupos o comunidades de culturas diferentes (con su cosmovisión, entendimiento de la vida, relaciones entre personas, papel de la mujer, etc., propios) preservando cada componente su identidad. Sin ser sinónimo de pluralidad cultural, la voz multiculturalidad no se opone a ella, siendo la primera esencialmente anglosajona y relacionándose con lo político; la segunda, más bien francesa, es de tipo sociológico y cultural. En el sentido ideológico-normativo, el multiculturalismo constituye un modelo para la acción política respecto al lugar que les corresponde a las personas, grupos o comunidades con identidad cultural diferente y a la posibilidad para los mismos de conservar su cultura propia.

En cuanto la interculturalidad, remite al proceso caracterizado por relaciones e intercambios culturales entre personas, grupos o comunidades de culturas diferentes, basado en el reconocimiento de los derechos culturales de cada grupo o comunidad. El respeto de la diversidad de las culturas y el reconocimiento de la igual dignidad de las mismas, dan como resultado una convivencia armónica y un enriquecimiento mutuo.

Vivimos hoy en un mundo caracterizado por los progresos de la tecnología y la ciencia, los nuevos medios de información y comunicación, lo que debería facilitar los intercambios, la circulación de ideas y personas. Pero, debido a la desigualdad de estos mismos intercambios, muchas culturas se encuentran en una situación de vulnerabilidad y amenaza, tanto a nivel internacional, como en el interior de las fronteras nacionales, con el riesgo de ser dominadas por la(s) súper cultura(s) globalizadora(s).

Con la globalización se barajaron varias ideas que merecen un cuestionamiento profundo. Se dijo que la era de la globalización es la de la migración, el mestizaje. Se dijo también que la era del nacionalismo, de la afirmación de la identidad constituye una fase transitoria de la historia humana que está llegando a su término. Parecidas ideas dieron lugar al mito de posibles estados culturales homogéneos.

La globalización en realidad no es en sí, ni buena ni mala. Es el fenómeno mal dominado lo que plantea problemas. La experiencia demuestra que sí favorece la multiculturalidad pero no la comprensión del otro, ni el diálogo, ni la convivencia con él. En efecto, el modelo multicultural de finales del siglo XX, ha demostrado sus limitaciones y su incapacidad de evitar los riesgos de conflictos sociales, y no logra ni siquiera fomentar la requerida integración de los distintos componentes de una sociedad, a escala nacional e internacional.

Abundan en la Historia contemporánea ejemplos que atestiguan la dificultad o la incapacidad de abordar y tratar el fenómeno multicultural de forma acertada.: Afganistán, Burundi, Irak, India, Irlanda, ex Yugoslavia… El modelo republicano francés con su política de vaivén frente al tema de la emigración, o el modelo holandés con sus pilares comunitarios, son también casos ilustrativos al respecto.

La globalización no vedó el camino para los partidarios del comunitarismo con su visión monolítica y hierática del mundo, aquéllos que sacralizan la especificidad cultural elevándola como una barrera frente al otro y desembocando en el repliegue sobre sí mismos, el rechazo o el fanatismo, propios de estas “identidades asesinas” que analizó el escritor libanés Amin Malouf en su libro del mismo título. Tampoco pudo frenar la globalización la concepción hegemónica de la modernidad, con su tendencia etnocéntrica a imponer al mundo una sola civilización, presuntamente universal, una civilización materialista con las consecuencias que sabemos: injusticia, marginación, exclusión, pérdida de valores…

Hoy día, tanto los grupos minoritarios que forman históricamente parte de varios estados, como las poblaciones de los procesos migratorios, reivindican el reconocimiento de su identidad y el respeto de su diferencia cultural. La interculturalidad parece brindar la posibilidad de satisfacer parecidas reivindicaciones. En efecto, la democracia liberal combinada con las exigencias éticas puede fomentar la convivencia de diferentes culturas en el mismo espacio, creando una sociedad con carácter evolutivo y en la que cada elemento puede dar lo mejor de sí mismo, en un proceso continuo de intercambio, aprendizaje y enriquecimiento con los demás.

Sabemos sin embargo hoy que "la diversidad cultural es tan necesaria para el género humano, como lo es la biodiversidad en el orden de lo vivo" (art.1 de la Declaración universal de la Unesco sobre la diversidad cultural –2001) y que “la defensa de la diversidad cultural es un imperativo ético inseparable del respeto de la dignidad de la persona humana" (art.4), de ahí el reconocimiento de la igual dignidad de las culturas.

Para que el modelo intercultural pueda realizarse plena y eficazmente, es necesario actuar en dos niveles: uno político y otro educativo-cultural. El primero supone una voluntad política previa para llevar a cabo las debidas adaptaciones políticas, legislativas, sociales... subsanar las injusticias de toda índole, promover la solidaridad y la igualdad de oportunidades, establecer un nuevo orden con una sociedad inclusiva y más equitativa.

El segundo nivel, quizás el más difícil, requiere una estrategia clara para aprender a vivir juntos en base de un conocimiento y una comprensión mutuos (lejos de todo tipo de prejuicios y estereotipos que constituyen pantallas deformantes de la realidad), de la aceptación del otro con sus diferencias (no es válido el término de tolerancia en este contexto), del respeto de su identidad.

La base teórica de dicha estrategia es asequible a través de todo el aparato normativo internacional disponible, las conclusiones de los muchos encuentros anteriores y unas cuantas publicaciones acerca de esta problemática, sobre lo cual se pueden planificar una serie de acciones concretas y pragmáticas adaptadas al tema que nos ocupa.

El otro, su cultura no deben ser vistos como una amenaza, sino como fuente de enriquecimiento. La fuerza de una cultura reside en su capacidad de abrirse a otras, dialogar con ellas para integrarlas e integrarse en ellas. No importa cuán diferentes sean, todas comparten algunos principios, opina el sociólogo alemán Habermas. El hecho de que las culturas se encarnen en identidades no impide la búsqueda de valores fundamentales comunes, sin dejar de respetar valores específicos que lo merezcan. De la combinación acertada entre lo específico y lo universal, en una matriz de normas que nos guíen, podría nacer una identidad cultural, plural y armónica.

“Nuestra humanidad común debe triunfar por encima de las diferencias que se perciben. Vivimos todos en un mismo mundo. No tenemos más remedio que comprendernos y respetarnos, convivir en paz y buscar aspectos comunes en lo mejor de nuestras respectivas tradiciones”, dijo el Secretario General de Las Naciones Unidas en su mensaje a la 1ª Reunión del Grupo de Alto Nivel para la Alianza de Civilizaciones (Palma de Mallorca, 7 de noviembre del 2005).

Para conseguirlo, se debería desarrollar una ética del diálogo inspirada por ejemplo de la que proponía el filósofo de al-Andalus, Inb Rochd /Averroes, quien recomendaba el respeto al derecho a la diferencia y la comprensión y aceptación del otro en su propia cultura o sistema de referencia.

Ninguna civilización, ninguna religión permite la violencia, el terror o la matanza de inocentes. Todas predican la tolerancia, el diálogo, la paz. Sin embargo, lo que se suele poner de relieve son las características que las diferencian u oponen. Sería entonces oportuno abordar el estudio de los tres monoteísmos, por ejemplo, en una perspectiva comparativa y de diálogo intercultural, insistiendo más en sus puntos de convergencia que en las discrepancias nacidas de historias conflictivas, lo que permitiría "des-construir el mito de una fractura original" (Georges Corm) entre ciertas religiones y ciertas culturas, básicamente entre Oriente y Occidente.

Muchas veces, aunque con buenas intenciones, reproducimos conductas y esquemas excluyentes. El conocimiento y el aprecio de los valores comunes no deben traducirse entonces como una mera preocupación por cumplir con unas normas éticas, sino que se deben pasar a las prácticas cotidianas y a que se establezca un compromiso personal

Por otro lado, la época contemporánea requiere un nuevo tipo de educación que se podría titular educación para la ciudadanía intercultural, una ciudadanía que le enseñe a uno a convivir con el otro tanto en el interior de las fronteras nacionales o regionales como a escala internacional; una educación que le predisponga a aceptar la diferencia y no sólo acomodarse a ella…, principios claramente enunciados en la Declaración Universal de la Unesco sobre la Diversidad Cultural (art.2) y que consisten en "asegurar un querer vivir juntos, de personas y grupos con identidades culturales a la vez plurales, variadas y dinámicas".

Una política educativa adaptada a las exigencias de los principios de la interculturalidad debería constituir un pilar básico de la acción por planificar, reforzando la educación de calidad: conocimiento de las demás civilizaciones y religiones (no como dogma, sino como hecho histórico y cultural); rescate de la memoria histórica común, aprendizaje de los derechos humanos, de los valores compartidos, de la cultura de la paz..., todo ello debe ser combinado con la imprescindible labor de formación de los educadores, la revisión de los manuales escolares, etc., en el marco de una escuela inclusiva.

Junto al área de la educación, está la que se relaciona con los medios de comunicación, que debe contribuir a la difusión de los requeridos mensajes éticos, acompañada de un vocabulario adecuado (utilidad de una especie de libro de estilo), despojado de prejuicios y estereotipos. Se necesita para ello un verdadero pacto por el que se comprometan estos medios de comunicación a contribuir a semejante labor, esencial para la Humanidad

Es importante adaptar las acciones al público concernido, privilegiando los jóvenes, los grupos que sufren exclusión, los que se dejan seducir por los discursos extremistas, los que se resisten a reconocer la urgencia de cambiar la cultura de la incomprensión, el rechazo, el odio y la confrontación por una cultura del diálogo, el amor, la concordia y la paz.

Sería asimismo oportuno identificar personas con capacidad de liderazgo para hacer llegar estos mensajes y movilizar a la gente en favor de estos ideales: personalidades políticas, jefes religiosos, miembros de la sociedad civil, representantes de los medios de información, deportistas y artistas famosos, etc.

Nuestra época se caracteriza por muchos temores y también muchas esperanzas. Es una época de grandes retos; uno de ellos consiste en restablecer la convivencia, la concordia y la paz entre civilizaciones, culturas y pueblos y asegurar la unidad y la cohesión de las sociedades, contribuyendo de esta forma a la edificación de la Civilización Humana, en base de distintos procesos históricos y diferentes culturas . Los males que hacen difícil semejante labor, tienen un carácter complejo y global. La respuesta tendría entonces que ser global y realizarse con rigor y metodología. Requieren además una voluntad y una responsabilidad compartidas, lúcidas y conscientes, así como un compromiso firme, privilegiando la acción.

"Es tiempo de acción", como dijo Federico Mayor en su discurso de apertura a la primera reunión del Grupo de Alto Nivel para la Alianza de Civilizaciones.

Quisiera aquí subrayar la similitud de objetivos de este gran proyecto con aquellos que motivaron la organización de nuestro Congreso y que radican en encontrar vías de acción concretas para hacer frente al mal que aqueja nuestro mundo. “Es tiempo de acción. Es tiempo de encuentro, de diálogo, de conocimiento recíproco. Es tiempo de forjar actitudes solidarias. Es tiempo de movilización de todos a favor de la concordia, de la reconciliación”. Estas palabras del Presidente del Grupo de Alto Nivel pueden perfectamente servir de pautas para la reflexión sobre el tema de nuestro debate hoy y alimentar propuestas concretas.

La interculturalidad parece ser una vía para alcanzar los objetivos senalados y que son esenciales para el destino de la Humanidad. Sus principios básicos, integrados en nuestros paradigmas de pensamiento, conducta y acción, podrían constituir un vector para las grandes transformaciones sociales que conduzcan a la paz. La validez del modelo de la interculturalidad se podría medir por su capacidad de elaborar una ética y una pedagogía del diálogo novedosas y ofrecer la posibilidad de acción a todos aquéllos que no aceptan la situación actual como una fatalidad y que creen que “otro mundo es posible”.

Aziza Bennani
Bilbao, 13 de Diciembre de 2005


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