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Interreligious and Intercultural Dialogue Congress, Bilbao-2005

@ Ricardo Blázquez
Saludo del Obispo de Bilbao en el Congreso interreligioso

El día 28 de octubre se cumplieron cuarenta años de la aprobación de la Declaración conciliar nostra aetate, sobre las relaciones de la Iglesia católica con las religiones no cristianas. Esta declaración manifiesta como novedad importante una nueva actitud de la Iglesia hacia las demás religiones y sus miembros (judíos, musulmanes, hindúes, budistas etc.), fundada en principios teológicos de su fe como la paternidad universal de Dios y la voluntad salvífica de todos los hombres. Esta declaración tiene lugar en una situación histórica en que el género humano se une cada vez más estrechamente y aumentan los vínculos entre los diversos pueblos.

Pertenecen al núcleo de la declaración del Vaticano II las siguientes aserciones:
"La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones es verdadero y santo. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas, que, aunque discrepen mucho de los que ella mantiene y propone, no pocas veces reflejan, sin embargo, un destello de aquélla Verdad que ilumina a todos los hombres". Consiguientemente, "exhorta a sus hijos a que, con prudencia y caridad, mediante el diálogo y la colaboración con los seguidores de otras religiones, dando testimonio de fe y vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales que se encuentran en ellos" (Nostra aetate, 2). "El Concilio intenta mostrar lo que los hombres de las distintas religiones tienen en común para promover el diálogo y la colaboración de todos" (J. Martín Velasco, Introducción a la Declaración nostra aetate, en: Concilio Ecuménico Vaticano II, Madrid 1993, p. 1051).

Abriendo camino a esta nueva forma de relación de la Iglesia católica con las religiones no cristianas había escrito Pablo VI en la encíclica Ecclesiam suam (6 de agosto de 1964): "La Iglesia tiene que entablar diálogo con el mundo en que vive. La Iglesia se hace palabra, la Iglesia se hace mensaje. La Iglesia se hace coloquio" (Enchridion Vat. 2, n. 192). Y un poco más adelante, cuando describe el diálogo con el segundo círculo de interlocutores, a saber, el de los que creen en Dios, afirma: Mostramos "nuestro reconocimiento a los valores espirituales y morales de las diversas religiones no cristianas. Queremos con ellas promover y defender los ideales que pueden ser comunes en el campo de la libertad religiosa, de la fraternidad humana, de la buena cultura, de la beneficencia social y del orden civil. Por lo que se refiere a estos comunes ideales, un diálogo por parte nuestra es posible, y no dejaremos de ofrecerlo allí donde con recíproco y leal respeto sea benévolamente aceptado" (ib. n. 205).

El día 30 de octubre pasado, el papa Benedicto XVI rememorando los cuarenta años de la Declaración nostra aetate afirmó que "es de grandísima actualidad, pues afecta a la actitud de la comunidad eclesial ante las religiones no cristianas". Y subraya que forma parte de la misión de la Iglesia fomentar la unidad entre los hombres y los pueblos; por esto, reprueba como ajena al espíritu de Cristo "cualquier discriminación por motivos de raza o color, de condición o religión" (n. 5). Están íntimamente unidas en el cristianismo la relación con Dios a quien llamamos Padre y la relación con los hombres y mujeres a quienes queremos tratar como hermanos; por tanto, no hay fundamento religioso teórico o práctico, desde el punto de vista cristiano, para introducir discriminaciones entre hombres y pueblos, en lo que toca a la dignidad humana y a los derechos que de ella dimanan. El cristianismo, siguiendo los pasos de Jesús, debe contribuir a derribar las barreras que levantan en medio de la humanidad el odio, el desprecio y la injusticia.

Las fronteras y "mugas", las lindes y rayas, no son únicamente límite donde algo termina y algo comienza; son también confín y lugar de comunicación, contacto que no choque. Las diferencias legítimas, las identidades e identificaciones necesarias, no deben ser motivo para el enfrentamiento sino para la relación, el conocimiento mutuo y la oportunidad de encuentro enriquecedor; no deben darse despreciativamente la espalda, sino mirarse frente a frente con respeto y aprecio. Los hombres y mujeres religiosos debemos ser más próximos que distantes; las religiones deben mostrar más contigüidad dialogante que distanciamiento silencioso. No basta la tolerancia; se requiere también la comunicación. ¡Que la cercanía propiciada por la convivencia actual entre personas de distintos pueblos se convierta cada día más en comunicación respetuosa! De esta manera la paz entre las religiones será fermento de paz entre los pueblos y las culturas dentro de la humanidad, que está llamada a ser una sola familia.

+ Mons. Ricardo Blázquez
Obispo de Bilbao
Presidente de la Conferencia Episcopal Española


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